Guiar a otro ser humano, ayudarlo a vivir siendo el mismo es el mayor desafío que personalmente me propone la maternidad. Es así que comenzó mi viaje, en el que sin pensar me convertí en una mujer capaz de amar y confiar en el mundo entero mediante el amar a mi hija.
Así ha sido, que buscando capacitación, conocimiento, ayuda y entrenamiento (no es verdad eso que dicen, los hijos no se crian solos) he llegado a mil lugares, textos, profesionales que desde su experiencia y saber comparten mi sentir, aquí dejo uno de tantos.
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Responsabilidad y confianza van juntas de la mano.
Este verano hicimos una dinámica con un grupo de personas. Dividimos el grupo en dos. A las personas de un grupo les pedimos que cerraran los ojos, como ustedes ahora. Y a los del otro grupo, que les guiaran llevándolos de la mano a través de unos obstáculos. Cuando preguntamos qué habían sentido hubo consenso: los que tenían los ojos cerrados habían sentido confianza en el otro. Y los que guiaban se habían cargado de responsabilidad. Responsabilidad y confianza yendo, literalmente, de la mano.
Saber que alguien confía en nosotros nos hace sentir bien, ¿verdad? Pero ¿qué es lo que pasa en nuestro cerebro? Pasan muchas cosas, pero la más llamativa es que nuestro cerebro empieza a segregar una hormona, la misma que ayuda a establecer un vínculo afectivo entre un bebé y su madre. Algunos científicos la han llamado “la hormona del amor” o de la confianza. Se llama oxitocina. Hay una charla TED muy interesante en la que el investigador Paul Zak habla de los efectos de la oxitocina, a la que él llama la hormona “moral”. Entre otras cosas, la oxitocina tiene el efecto de hacernos más responsables. Es como decirles a los demás “tú también puedes confiar en mí”. Piénsenlo por un momento: si queremos que nuestros hijos y nuestros alumnos sean responsables quizás deberíamos empezar por confiar en ellos
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